Por Wilson Eduardo Montes Peñaloza*

Damián Forment y taller
Talla en madera policromada, 1524-1525
Retablo del santo Cristo de la iglesia parroquial de Santa María Magdalena de Zaragoza.
«¡Dios mío, Dios mío!, ¿por qué me has abandonado?»
El verdadero drama espiritual no es el sufrimiento. El verdadero drama sería dejar de llamar a Dios «Padre».
Hay una palabra de Jesús en la cruz que, más que cualquier otra, atraviesa el corazón humano como una espada. No es una palabra de consuelo ni de victoria visible. Es un grito. Un grito que brota desde lo más profundo de la noche del alma: «¡Dios mío, Dios mío!, ¿por qué me has abandonado?».
Estas palabras, pronunciadas por Jesús en el Calvario, son quizá las más misteriosas de todo el Evangelio. El Hijo eterno del Padre, aquel que desde toda la eternidad vive en comunión perfecta con Dios, experimenta en la cruz algo que ningún ser humano había expresado con tanta intensidad: la sensación del abandono. Pero debemos comprender bien lo que sucede en ese momento.
Jesús no está citando simplemente un versículo al azar. Está interiorizando el Salmo 22. Y en la tradición judía bastaba pronunciar la primera frase para evocar todo el salmo. Ese salmo comienza con el grito del abandono, pero termina con una proclamación de confianza y victoria. Es el salmo del justo que sufre, del inocente que es rodeado por enemigos, pero que finalmente reconoce que Dios no abandona a quien confía en Él.
Entonces, ¿por qué Jesús grita de esa manera?
Porque en ese instante Jesús carga sobre sí todo el peso del dolor humano. Todo es todo. No sólo el dolor físico. Sino el dolor más profundo que existe: la sensación de que Dios está lejos. ¿Cuántas personas viven hoy con ese mismo grito en el corazón? El enfermo que reza y no encuentra respuesta. La madre que ha perdido a su hijo. El joven que busca sentido y no lo encuentra. El hombre o la mujer que atraviesan una noche espiritual y sienten que Dios ha desaparecido. A todos ellos, Cristo no les responde desde una teoría. Les responde desde la cruz.
Él mismo ha entrado en esa noche. Aquí está el gran misterio del amor de Dios: Dios no nos salva desde fuera del sufrimiento; nos salva entrando dentro de él. En la cruz, Jesús experimenta el silencio de Dios para que ningún ser humano tenga que vivir ese silencio solo. El Hijo de Dios ha querido llegar hasta el punto más bajo de la experiencia humana, hasta el lugar donde el hombre piensa que Dios ya no está. Y precisamente allí, en ese lugar oscuro, Dios está más cerca que nunca. Esto cambia completamente nuestra comprensión del sufrimiento. Cuando sentimos que Dios está lejos, no significa que Él nos haya abandonado. Significa que estamos participando, misteriosamente, en la misma noche que vivió Cristo. La fe no consiste siempre en sentir a Dios. La fe consiste en seguir confiando incluso cuando no lo sentimos.
Jesús en la cruz no deja de decir «Dios mío». Fijémonos bien: no dice simplemente «Dios». Dice «Dios mío». Incluso en la oscuridad más profunda, Jesús sigue aferrado al Padre. Y aquí está la gran enseñanza para nuestra vida. El verdadero drama espiritual no es el sufrimiento. El verdadero drama sería dejar de llamar a Dios «Padre». Dejar de dirigirnos a Él. Dejar de confiar. El grito de Jesús no es un grito de desesperación. Es un grito de oración. Es la oración del hombre que no entiende, pero sigue amando. Del hombre que no ve la luz, pero sigue caminando hacia ella, del hombre que busca sentido a su vida sin desfallecer.
Estimados lectores, hoy vivimos en una cultura que teme el silencio, que huye del dolor, que quiere soluciones inmediatas. Pero la cruz nos enseña algo más profundo: hay noches que sólo se atraviesan con fe. Sin embargo, la historia no termina en ese grito. Porque el mismo Jesús que dice «¿por qué me has abandonado?» es el que, poco después, entregará su espíritu en las manos del Padre. La cruz no es el final. La cruz es el umbral de la Resurrección. Y por eso, cuando un cristiano pronuncia esas mismas palabras, «Dios mío, ¿por qué?», ya no lo hace en un vacío. Las pronuncia dentro de la voz de Cristo. Jesús ha transformado ese grito en un puente entre el dolor humano y el amor de Dios.
Pienso en mi interior, tal vez alguno de nosotros hoy vive una pequeña o gran noche interior. Tal vez en nuestro corazón habita esta misma pregunta. Si es así, no tengamos miedo. Cristo ya ha estado allí antes que cualquiera. Y desde la cruz nos dice algo que cambia todo: cuando sientas que Dios está más lejos, puede ser el momento en que está más cerca de ti. Porque el amor de Dios no se mide por lo que sentimos, sino por lo que Cristo hizo por nosotros en la cruz. Y allí, en ese madero, quedó escrita para siempre la respuesta definitiva al grito del hombre. Dios no nos ha abandonado. Nunca jamás.
Abril de 2026 * Wilson Eduardo Montes Peñaloza. Estudiante. Doble grado en Comunicación Audiovisual y Periodismo. Universidad San Jorge.