3 – «“Mujer, ahí tienes a tu hijo”. Luego dice al discípulo: “Ahí tienes a tu madre”»

Por Isabel Gómez Villalba*

Calvario - Óleo sobre tabla. Siglos XVI. Procede del Palacio Arzobispal de Zaragoza. Alma Mater Museum.
Calvario – Óleo sobre tabla. Siglos XVI. Procede del Palacio Arzobispal de Zaragoza. Alma Mater Museum.

«Mujer, ahí tienes a tu hijo» – La entrega de un amor sin límites.

Hay momentos en la vida en los que las palabras tienen un peso inmenso. Algunas frases quedan grabadas en la memoria porque marcan un antes y un después. Entre las siete últimas palabras de Jesús en la cruz, hay una que, aunque breve, es de una ternura y profundidad infinita: «Mujer, ahí tienes a tu hijo»… Y al discípulo: «Ahí tienes a tu madre» (Jn 19,26-27). 

Jesús está muriendo. Apenas puede respirar. Pero incluso en ese instante de sufrimiento extremo, su mirada se posa en los que están allí con Él: su madre y el discípulo amado. No los abandona, no se deja llevar por el dolor. En lugar de eso, les da un último regalo, uno que nos alcanza a todos: la maternidad de María. 

María, madre más allá de la cruz 

Para entender lo que sucede aquí, hay que recordar quién es María en la historia de Jesús. Ella es la mujer que, desde el primer momento, dijo “sí” sin reservas. Desde el anuncio del ángel hasta este día en el Calvario, su amor ha sido total, sin condiciones. Pero ahora, su papel cambia. Su amor de madre, que hasta ese momento había estado volcado en Jesús, se ensancha. Ya no es solo madre de un hijo, sino madre de todos los que sigan a Cristo. 

Este pasaje no es solo un gesto de Jesús para asegurar el cuidado de María en su vejez. Si así fuera, podría haber pedido a cualquiera de sus parientes que la acogiera. Pero no lo hace. Se la confía a Juan, el discípulo amado, el que ha permanecido fiel hasta el final. En él, estamos representados todos. María se convierte, en ese instante, en madre de la Iglesia. 

En la tradición cristiana, esta escena se ha leído como el momento en que Jesús nos entrega a María como madre espiritual. Y eso cambia la forma en la que nos relacionamos con ella. No es solo la madre de Jesús; es nuestra madre. 

La respuesta del discípulo: acoger a María en casa 

Después de las palabras de Jesús, Juan no pregunta, no duda. Simplemente, la recibe en su casa. Este detalle es precioso: acoger a María no es solo un gesto externo, sino un acto de amor y de fe. 

¿No es, en el fondo, lo que nos toca hacer a cada uno de nosotros? María no es alguien lejano, una figura de los evangelios que admiramos de lejos. Es una madre cercana, que nos cuida, nos guía y nos acompaña. Acoger a María en nuestra vida significa reconocer que no estamos solos en nuestro camino de fe. 

Es hermoso pensar que, así como María sostuvo a Jesús en sus brazos cuando era niño, ahora nos sostiene a nosotros. Que así como guardó cada palabra en su corazón, también escucha nuestras súplicas. 

María en nuestra vida: más que una devoción 

A veces, podemos caer en la tentación de ver la devoción a María como algo secundario. Como si fuera una figura “opcional” dentro de la fe cristiana. Pero cuando leemos este pasaje, entendemos que su papel es esencial. 

Jesús, en su última voluntad, no nos dejó riquezas ni instrucciones complicadas. Nos dejó una madre. Porque sabía que la íbamos a necesitar. Sabía que en los momentos de prueba, en los momentos en los que la cruz pesa demasiado, necesitaríamos un refugio. 

María es ese refugio. No nos quita las dificultades, pero nos enseña a vivirlas con esperanza. No resuelve todos nuestros problemas, pero nos acompaña en ellos. Su presencia en nuestra vida es un recordatorio de que Dios nunca nos deja solos. 

Un regalo que nos compromete 

Jesús no solo nos da a su madre, sino que también nos da una responsabilidad: “Ahí tienes a tu hijo”. María nos acoge como hijos, pero nosotros también estamos llamados a acogerla. Y esto no es solo un gesto piadoso. Es un compromiso real. 

Acoger a María significa dejarnos formar por ella, aprender de su humildad, de su confianza, de su amor. Significa vivir nuestra fe con el mismo “sí” generoso con el que ella respondió a Dios. Significa mirar a los demás con la misma ternura con la que ella nos mira. 

Cuando Jesús pronuncia estas palabras desde la cruz, nos está diciendo que no estamos solos. Que en la familia de la fe, siempre hay un lugar para el amor, para el cuidado, para la entrega. Nos está invitando a confiar, a dejarnos amar, a vivir con la certeza de que tenemos una madre que nos acompaña. 

Y como Juan, estamos llamados a hacer algo muy simple, pero que cambia todo: llevarla a nuestra casa, a nuestro corazón, a nuestra vida

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Abril de 2025

* Isabel Gómez Villalba. Profesora en los Grados en Educación, Universidad San Jorge.