Por Ferrán Casamayor Moragriega*

Óleo sobre lienzo, siglo XVIII
Iglesia parroquial de San Gil Abad de Zaragoza.
Confieso que me pone nervioso no tener un plan. Mis amigos me dicen que fluya, pero nunca se me ha dado bien eso de “fluir”. Yo prefiero tenerlo todo controlado. Sin embargo, hace tiempo que aprendí que no puedo tenerlo todo bajo control.
Me acuerdo de cuando me apunté al Camino de Santiago con mi amiga Alicia y, la noche de antes, me dijo que se había hecho un esguince y que no iba a poder venir. Cuando iba en el autobús camino de Sarria me pregunté dónde me había metido y recé para que pasara rápido el tiempo. “Es solo una semana” pensé. “Tómatelo como una oportunidad para reflexionar. Si no quieres, ni siquiera tienes que hablar con nadie”. Las cosas no estaban saliendo como había planeado, así que decidí dejarlo todo en manos de Dios.
¡No pude tomar una mejor decisión! Rápidamente hice buenas migas con mis compañeros. Se nos pasaban las horas contando anécdotas. Y eso no me impidió acercarme a Dios. De hecho, nunca me había sentido tan cerca de Él: en la oración de la mañana antes de empezar a andar, en la misa de la tarde a la que iba con mis nuevos amigos, en la oración de la noche antes de irnos a dormir, etc. Tal vez no estaba mal “fluir” de vez en cuando.
Poco a poco pasaron los días. Y cuando me quise dar cuenta estábamos en Santiago, rezando un padrenuestro todos juntos frente a la tumba del apóstol. No era consciente de que acababa de vivir una de las experiencias más enriquecedoras de mi vida. Y de que había conocido a quienes, a día de hoy, son algunos de mis mejores amigos. Nada de lo que había sucedido esa semana había sido fruto de la casualidad. Pero tampoco lo había planeado yo. Había sido Él quien lo había planeado todo.
Y es que, por más que intentemos planificarlo todo, hay cosas que se escapan de nuestro alcance. Como cuando te presentas a un examen en el que, por más que estudies, existe la posibilidad de que te quedes en blanco. O como cuando te montas en un coche en el que, por más prudente que seas, existe la posibilidad de tener un accidente. Por eso, antes de empezar un examen o antes de salir de viaje, nos santiguamos. Porque tu alma y tu espíritu se reconfortan cuando, en la adversidad, te encomiendas a Dios. Porque, por mejores estudiantes o conductores que seamos, hay cosas que no podemos controlar. Y son esas cosas las que dejamos en manos de Él, confiando en el plan que tiene preparado para nosotros.
Es un acto de fe, como el que hace un niño que es lanzado a los aires por su padre y no tiene miedo, porque sabe que lo recogerá antes de que caiga. Ese es el acto de fe que hizo Jesús en la cruz. Después de haber sido torturado y crucificado, cuando estaba a punto de morir, confió en la voluntad de Dios diciendo: “Padre, en tus manos encomiendo mi espíritu”. Y es que Dios siempre tiene un plan preparado para nosotros, aunque no siempre seamos capaces de verlo. No intentemos controlarlo todo, porque solo Dios puede hacerlo. Sigamos el ejemplo de Jesús y dejémonos llevar por la voluntad de Dios.
Como dijo Santa Teresa de Jesús:
“Nada te turbe,
nada te espante;
todo se pasa,
Dios no se muda.
La paciencia todo lo alcanza.
Quien a Dios tiene nada le falta:
sólo Dios basta”
O, como dirían mis amigos, fluyamos. Y hagámoslo con la tranquilidad de saber que Dios está al mando.
Abril de 2026 * Ferrán Casamayor Moragriega. Estudiante. Doble grado en ADE y Derecho. Universidad San Jorge.