Por María del Castañar Gómez Jimeno*

«Tengo sed» (Juan 19,28). Cuántas veces a lo largo de mi vida he tenido sed. Cuántas veces ha respondido a una necesidad fisiológica y cuántas, tras beber mucha agua, paradójicamente he tenido más sed. Cuántas veces en mi oración íntima con Dios le he oído decirme esto y cuántas veces, en mi caminar por la Vida que me ha regalado, he podido aplacar mínimamente Su sed. Y Él sigue en la Cruz, paciente y dolorido, esperando a que aumente mi sed para calmar la suya.
Antes de llegar a la crucifixión el Señor había bebido en la Pascua, en la cena con sus discípulos, vino tinto en una sola copa, la noche en que fue entregado. En las horas siguientes, previas a su detención y de empezar su pasión, oró preparándose para la Cruz, para recibir el Cáliz que tenía que beber (Mt. 20, 18-20). Y hasta tenderse sobre su cruz junto a los dos delincuentes, recibió todo tipo de humillaciones y de golpes, incontables, innombrables. Él, que no conoció pecado (2 Corintios 5:21) ni el efecto que tiene sobre la naturaleza humana, quiso sentir el sufrimiento y la angustia del dolor en toda su intensidad.
Crucificado, bajo el sol implacable, aguantando la burla y el insulto de la multitud congregada, se hizo la oscuridad y entonces el Señor experimentó el abandono y la separación del Padre, agobiado soportando el peso de los pecados del mundo, de nuestros pecados. En ningún momento llamó la atención sobre sí mismo, ni buscó la compasión de los curiosos. Solo cuando la obra de la redención estaba cerca de terminar, la oscuridad y las tinieblas se disiparon. Como dice Isaías: “Jehová cargó en él el pecado de todos nosotros” (Is.: 53:6). Y fue entonces cuando Jesús experimentó su propia necesidad y exclamó: “Tengo sed” (Jn. 19, 28). Esta es la grandeza del sufrimiento de Jesús.
Con estas palabras pronunciadas por Jesús en la Cruz, no solo se refería a la sed material que experimentaba en su agonía, sino al intenso deseo de Dios de amar y de ser amado. Y tanto nos ama el Señor que nos ofrece agua viva, si bebo de ella no volveré a tener sed: siempre estará ahí para saciarme cuando mi alma anhelante tenga sed: “…; mas el que bebiere del agua que yo le daré, no tendrá sed jamás; sino que el agua que yo le daré será en él una fuente de agua que salte para la vida eterna” (Jn. 4,13-14). Es la misma agua viva que Jesús ofreció a la mujer en el pozo (Jn 4, 5-42), la samaritana, rompiendo barreras raciales, religiosas y de género. Y la misma sangre y agua que brotan de su costado (Jn. 19, 33-34), que nos muestran las gracias que brotan de la Cruz, y que se derraman sobre toda la humanidad para ser perdonada y limpiada de todo pecado.
Jesús tiene sed de almas. Él es la respuesta a las tragedias individuales, de las comunidades, de los países, del mundo. Se rompen las vidas y el dolor es un sinsentido. Y el alma grita y Dios la mira porque Él tiene la respuesta para ese dolor. Y lo que más ansía es llegar a las almas que no lo conocen, que lo intuyen en caminos equivocados, que sienten un vacío que entienden mundano. El Señor grita desde la Cruz que tiene sed de mí, de ti, no solo quiere nuestra salvación, sino que quiere algo más, quiere cambiar nuestra alma y enamorar y transformar nuestros pobres corazones para unirse a nosotros y llevarnos hacia la santidad. Y cómo no vamos a responder a esta llamada amorosa del Señor, que reclama nuestra atención cuando no merecemos darle de beber por tantas miserias, infidelidades y abandonos que nos alejan una y otra vez de Él.
Y tengo sed de Dios. En lo profundo de mi corazón, anhelo la comunión con Dios, incluso cuando he pecado. Cuando mi alma está seca y no tiene nada para dar, Dios es fiel y la llena, la restaura y satisface. Y en este tiempo de Cuaresma, quiero crecer, entregarme y confiar en Él para que derrame su amor y misericordia sobre mí, tan pequeña e insignificante. Sabiendo que Él me quiere.
- Abril de 2025 * María del Castañar Gómez Jimeno. Responsable de Orientación Profesional y Empleo. Universidad San Jorge.