Por Sara Yzuel Vaquerizo*

«Padre, en tus manos pongo mi espíritu» (Lucas 23, 46). Vivimos en una sociedad llena de opciones, de alternativas; donde estamos empeñados en controlar todo lo que nos ocurre. Queremos vivir lo bueno y evitar a toda costa las cosas malas que nos puedan pasar, aquello que nos suponga más esfuerzo, más sacrificio.
Cada persona tiene sus debilidades y miedos, lo que muchas veces nos lleva a decantarnos por aquello que no trastoque demasiado nuestra conformidad. Evitamos los retos y los desafíos por no perder lo que ya tenemos, para mantener nuestra “calma”, y entonces buscamos controlar todo a lo que nos enfrentamos, que nada nos pille desprevenidos: si no nos gusta algo, lo cambiamos; si nos aburre, lo dejamos de hacer; si nos supone mucho esfuerzo, buscamos la manera más rápida de hacerlo, aunque el resultado sea peor; si nos da miedo, no lo hacemos, y si lo tenemos que hacer, no paramos de quejarnos.
Tenemos que dejar de caer en el control absoluto y empezar a aceptar lo que nos venga. Evitar la tentación de “lo fácil” o “lo seguro” y enfrentarnos a los retos con la confianza de que el Señor cuidará de ti. Ver qué es lo que nos tiene preparado. Qué nos ha confiado para dar lo mejor de nosotros.
Jesús tuvo una buena vida, consiguió grandes cosas rodeado de amigos que le querían. Pero también tuvo que superar situaciones muy dolorosas, un destino que conllevaba un enorme sufrimiento, ¿serías capaz de aceptar el dolor por confiar en que es lo correcto? Jesús también tuvo que elegir, fue tentado en numerosas ocasiones, y habría podido huir, decantarse por la opción fácil y rápida, satisfacer sus deseos inmediatos. Pero decidió confiar, confiar en que su Misión era mucho más importante que cualquier otra cosa, que Dios no habría puesto en su camino todo ese dolor por nada, que más allá de su entendimiento existía una razón por la que valía la pena luchar, seguir adelante superando todas las dificultades.
Incluso en la cruz, en el momento más álgido de dolor, Jesús confía. Jesús entrega su vida entera por un acto de amor y de absoluta confianza en que ese era el camino correcto, que Dios no le haría sufrir por nada. Nada puede ser en vano, si detrás está el amor más grande y puro.
Confiar en Dios es un verdadero desafío, es muchas veces elegir lo que debemos hacer por encima de lo que queremos hacer, entregar nuestro valioso tiempo para hacer algo por los demás, antes que invertirlo en nosotros mismos; guardarnos ese comentario negativo para desahogarnos, para perdonar al que nos ha hecho daño. Pero el resultado siempre será más satisfactorio si seguimos el ejemplo de Jesús, porque el tiempo que dediquemos a otros será devuelto, y la reconciliación con un amigo será cien veces mejor que el desquite por haberlo insultado.
Aunque el camino sea duro y nuestros deseos nos quieran llevar por otro lado, hay que poner nuestro espíritu en manos del Señor, y confiar en que pase lo que pase Dios nos acompaña, que confía en nosotros para poder superarlo. Debemos soltar un poco las riendas, y dejar que nos lleve por los caminos que nos tiene preparados porque, aunque no sean los más apetecibles, serán los que más valdrá la pena caminar.
Si entregamos nuestra vida a Dios, estamos entregando nuestra vida al amor más profundo y sincero, al de un Padre que nos quiere. Y como todo padre, aunque puede que al principio no entendamos las razones por las que hace algunas cosas, con el tiempo descubriremos que todo fue por nuestro bien.
Abril de 2025 * Sara Yzuel Vaquerizo. estudiante del Grado en Psicología, Universidad San Jorge.