Por Víctor Sus Jaime*

Procede de la parroquia de Nuestra Señora de la Asunción de Cariñena (Zaragoza)
«Padre, perdónalos, porque no saben lo que hacen» (Lucas 23,34). Estas palabras de Jesús en la cruz resuenan hoy más que nunca en una sociedad donde el perdón parece estar en peligro de extinción. Basta con salir a la calle, mirar por la ventana o encender la televisión para darnos cuenta de que el rencor y la ira pesan sobre muchas personas, impulsándolas a actuar sin soltar esa carga que tanto les lastima.
Ante esta realidad, la educación se convierte en una herramienta fundamental para transformar el mundo. Los maestros de Educación Infantil y Primaria tenemos una gran labor entre manos. No solo transmitimos conocimientos, sino que también enseñamos con nuestro ejemplo, como lo hizo Jesús. De hecho, la propia palabra profesor tiene en su raíz el verbo profesar, que significa declarar públicamente una creencia. Un buen maestro profesa valores como el respeto, la empatía y, por supuesto, el perdón. Tal y como dijo Nelson Mandela: «La educación es el arma más poderosa que puedes usar para cambiar el mundo». Sin embargo, más que cambiar el mundo directamente, la educación cambia a las personas que serán quienes lo transforman. Esta es una idea que me motiva cada día a seguir formándome como futuro docente pero que me ha llevado a plantearme que es la educación.
Personalmente, entiendo la educación como un acto de amor por el prójimo, donde los conocimientos y valores no se transmiten de cabeza a cabeza, sino de corazón a corazón. En el evangelio de San Juan (15,12-13), Jesús nos dejó un mandamiento esencial: «Que os améis unos a otros como yo os he amado». Este es el verdadero motor de la educación: el amor. Para que nuestros alumnos aprendan el valor del perdón y el respeto, primero debemos educar con amor, del mismo modo en que Jesús nos educa a nosotros.
A lo largo de la historia, hemos visto cómo grandes educadores santos como San Ignacio de Loyola, San Felipe Neri o San José de Calasanz dedicaron su vida a la formación de los más jóvenes, sembrando en ellos las semillas del cambio. Siguiendo su ejemplo, nuestro reto como maestros es acompañar a nuestros alumnos en su crecimiento no solo académico, sino también humano, enseñándoles que el perdón no es un signo de debilidad, sino de fortaleza. Solo así podremos contribuir a la construcción de una sociedad más justa y compasiva.
Por otra parte, no debemos olvidar que la educación no es tarea exclusiva del maestro. Así como Jesús contó con sus discípulos para esparcir su mensaje, los docentes necesitamos a las familias para caminar juntos en este proceso. De nada sirve que un profesor imparta las mejores lecciones en el aula si, en casa, el niño recibe mensajes completamente opuestos. Las familias son las primeras educadoras de sus hijos, pero tanto ellas como los docentes se necesitan mutuamente para lograr una educación completa.
Existe un antiguo dicho que dice: «Una de cal y una de arena», y aunque muchos desconocen su significado completo, este termina diciendo: «hace la mezcla buena». Maestros y familias deben ser como esa cal y esa arena, que juntas dan solidez a los muros del conocimiento que construimos en cada niño. Si uno de los elementos falta o predomina en exceso, la estructura se debilita y se desmorona. Además, hay otro ingrediente esencial en esta construcción: el amor. Sin él, cualquier esfuerzo por educar carece de sentido y fuerza.
Finalmente, retomando la idea de la gran carga emocional que soportan las personas que no saben perdonar, es importante recordar que el perdón no solo tiene un valor moral, sino que es una poderosa herramienta para el bienestar emocional. Perdonar no significa justificar una falta ni olvidar el daño recibido, sino liberarse de la pesada carga del rencor, permitiendo seguir adelante sin que el pasado nos esclavice.
El acto de perdonar transforma tanto a quien lo concede como a quien lo recibe. La persona que perdona experimenta una sensación de alivio, como si soltara un peso que le impidió avanzar. Se abre la puerta a la paz interior, a la serenidad y, en última instancia, a la felicidad. Perdonar es un acto de amor propio, pues quien guarda rencor se daña a sí mismo más que a nadie. Por otro lado, la persona perdonada también experimenta una gran liberación. Saber que ha sido capaz de reconocer su error, arrepentirse y recibir el perdón le permite sanar, reconstruir la relación dañada y encontrar un nuevo comienzo. Por eso, para mí, el perdón es un camino de doble sentido: tan importante es saber perdonar cómo atreverse a pedir perdón. Ambos requieren valentía, porque tanto el rencor como el arrepentimiento pueden ser cargas difíciles de llevar. Sin embargo, cuando se supera el orgullo y se da el paso hacia la reconciliación, se logra algo profundamente humano y transformador.
Abril de 2025 * Víctor Sus Jaime. Estudiante del Grado en Educación Primaria, Universidad San Jorge