1 – «Padre, perdónalos, porque no saben lo que hacen» (Lc 23, 34)

Por Queralt Pedrol Medina*

«Padre, perdónalos, porque no saben lo que hacen» Hay palabras que se entienden al escucharlas, y hay palabras que solo empiezan a comprenderse cuando uno permaneceante ellas en silencio. Esta es una de ellas. Durante mucho tiempo pensé que sabía lo que significaba el perdón de Jesús en la cruz. Lo había leído, escuchado y rezado muchas veces. Sin embargo, al detenerme verdaderamente ante esta frase, descubrí algo inesperado: no sabía hasta dónde llegaban sus palabras.

Jesús pronuncia esta petición en el momento más oscuro de su vida humana. No habla desde la calma ni desde la victoria, sino desde el dolor extremo. Está clavado en una cruz, humillado públicamente, abandonado por muchos, rodeado de burlas y violencia. La crucifixión no era solo una forma de muerte; era una demostración pública de derrota. Roma quería que todos vieran lo que ocurría con quien parecía desafiar el orden establecido. A su alrededor hay soldados que cumplen órdenes, autoridades religiosas que se sienten amenazadas, una multitud confundida y discípulos que han huido por miedo. Nadie comprende realmente lo que está sucediendo.

Y precisamente ahí, en medio de esa incomprensión colectiva, Jesús dice: «Padre, perdónalos».

Lo primero que sorprende no es solo que perdone, sino cuándo lo hace. No espera al arrepentimiento. No exige explicación. No pide justicia antes de ofrecer misericordia. Perdona mientras el daño sigue ocurriendo. Mientras los clavos sostienen su cuerpo y las burlas persisten, su primera palabra no es de defensa, sino de intercesión.

Jesús no dice «yo os perdono», sino «Padre». Incluso en el sufrimiento continúa mirando hacia Dios y presentando ante Él a quienes le hacen daño. No se coloca frente a sus verdugos como juez, sino como mediador. Su preocupación no es su propio dolor, sino el corazón de quienes lo causan.

La frase continúa con algo aún más difícil de comprender: «porque no saben lo que hacen». A primera vista parece imposible. ¿Cómo pueden no saberlo si lo están crucificando? Sin embargo, Jesús no habla de ignorancia intelectual. Ellos saben que están ejecutando a un hombre; lo que no saben es la profundidad de lo que están haciendo. No comprenden que están rechazando el amor mismo que tienen delante.

Esta afirmación desvela algo esencial del corazón humano. Muchas veces el mal no surge únicamente de la maldad consciente, sino de la ceguera, del miedo, de la presión del grupo, del deseo de conservar el poder o simplemente de seguir la corriente sin detenerse a mirar al otro como persona. Los soldados obedecen órdenes. Pilato cede por conveniencia política. Las autoridades religiosas actúan por temor a perder estabilidad. La multitud repite lo que escucha. Nadie se percibe a sí mismo como protagonista del mal, y sin embargo todos participan en él.

Jesús mira esa realidad sin odio. Ve más allá del acto exterior y alcanza la fragilidad interior del ser humano. Donde nosotros veríamos enemigos, Él ve personas perdidas. Donde nosotros exigiríamos castigo inmediato, Él pide comprensión y perdón.

Esta palabra cambia la lógica habitual del mundo. Normalmente pensamos que el perdón llega después del arrepentimiento; primero la persona reconoce su error y entonces puede ser perdonada. Jesús invierte el orden: el perdón aparece primero, como posibilidad abierta, como gracia ofrecida incluso antes de que alguien la pida. El amor no depende de la respuesta del otro.

Por eso esta frase no es solo una enseñanza moral; es una revelación sobre quién es Dios.En la cruz se muestra un Dios que no responde a la violencia con dureza ni al rechazo con abandono. Un Dios que permanece, que comprende y que sigue amando incluso cuando no es reconocido.

Contemplar esta palabra también incomoda, porque nos obliga a mirarnos a nosotros mismos. Es fácil identificarse con quienes sufren injusticia, pero más difícil reconocer que muchas veces también nosotros actuamos sin comprender plenamente las consecuencias de nuestras palabras, decisiones o silencios. Todos, de alguna manera, participamos de esa ignorancia que Jesús nombra. Y, sin embargo, también todos somos incluidos en esa petición de perdón.

Tal vez por eso esta frase deja sin palabras. No porque sea difícil de entender, sino porque su misericordia desborda nuestra manera de amar. Nos habla de un amor que no espera condiciones, de una gracia que precede al cambio y de una mirada capaz de reconocer humanidad incluso en medio del pecado.

En la cruz, Jesús no elimina el sufrimiento ni niega la injusticia; obra algo nuevo: introduce el perdón en el lugar donde parecía imposible. Allí donde la violencia quería tener la última palabra, Él deja que la tenga el amor.

Y quizá esa sea la invitación que permanece hoy: aprender a mirar al otro (y también a nosotros mismos) con esa misma conciencia humilde de que muchas veces no sabemos plenamente lo que hacemos, y que aun así seguimos siendo amados.

Porque, en medio del dolor del mundo, sigue resonando la misma oración: «Padre, perdónalos, porque no saben lo que hacen».

Abril de 2026  

* Queralt Pedrol Medina. Estudiante. Grado en Derecho. Universidad San Jorge.