Por Manuela Catalá Pérez*

Óleo sobre lienzo, siglo XIX
Basílica de Santa Engracia de Zaragoza.
Jesús pronuncia la frase «Tengo sed» mientras está crucificado, siendo la quinta de las siete palabras. Este momento ocurre al final de su pasión, poco antes de morir, descrito en el evangelio de Juan 19:28, con el objetivo de cumplir las Escrituras.
Tras una pasión dolorosa, humillante, llena de sufrimiento, Jesús muestra la necesidad básica más humana: sin agua no podemos vivir. Juan relata la reacción a las palabras de Jesús: «(…) había allí una vasija llena de vinagre; entonces ellos empaparon una esponja en el vinagre, la pusieron en un hisopo, y se la acercaron a la boca. Cuando Jesús probó el vinagre, dijo: “Consumado es”; luego inclinó la cabeza y entregó el espíritu (…)».
A Jesús no le dan agua, como necesita, le dan más dolor y sufrimiento, en forma de vinagre, sosteniendo la humillación y el maltrato hasta el final, que le conducen al término de su vida terrenal. Es más, tras este episodio, se dan otras actuaciones hacia Jesús en las que Juan nos remite a las Escrituras al narrar que, a Jesús, frente a los otros dos crucificados, no le rompen las piernas: «No será quebrado ningún hueso suyo»; también nos hace referencia a ellas al afirmar: «Mirarán al que traspasaron», porque a Jesús uno de los soldados le abrió el costado con una lanza, y al instante le brotó sangre y agua. Dolor, sufrimiento, vulnerabilidad, tormento, suplicio y padecimiento hasta el final.
Sin embargo, detrás de «Tengo sed», de estas sencillas dos palabras- ya que Jesús sabe el valor que hay en la sencillez, en las pequeñas cosas, en los pequeños gestos y mensajes que mueven el mundo, que están presentes en todo lo que vivimos, sentimos, pensamos y hacemos- se esconde un mensaje inmensamente profundo, con el que no podemos quedarnos en su mero significado literal.
Cabe destacar, ante todo, que es sorprendente como Jesús, en medio de su pasión, quiera hacer uso de las palabras. Las palabras son fundamentales para las personas, y eso Jesús lo sabe. Las palabras son comunicación y comunicar es compartir. Jesús se entrega a los demás, a todos, se comparte, hasta en los escenarios más difíciles como puede ser lo vivido en la cruz.
Por eso, las palabras pronunciadas por Jesús en ese momento tan crucial (por cierto, adjetivo que procede del latín “crux, crucis”, cruz), tienen un transcendental valor simbólico y espiritual.
En lo más inmediato, Jesús es persona, es como nosotros, tiene nuestras necesidades, nuestras vulnerabilidades y por eso nos entiende, escucha y comprende. Con estas palabras muestra su naturaleza más humana, su deshidratación física extrema tras su tortuosa pasión. Palabras semejantes son pronunciadas por Jesús a lo largo de su vida, en pasajes diferentes. Tal es el caso del encuentro con la samaritana a la que le pide «dame de beber» (Juan 4, 1 – 42). Jesús, que se acerca a todos, al margen de su clase y condición, pide agua a la samaritana y rompe esquemas sociales y religiosos de la época. En otros momentos, la sed de Jesús también está presente «(…) tuve sed y me distéis de beber (…) » o «(…) cuando lo hicisteis con uno de estos, mis hermanos más pequeños, conmigo lo hicisteis (…)» (Mateo 25, 35.37.40). Y es que ese dar de beber es lo mínimo que podemos hacer, Jesús nos invita a ayudar, a ver al otro como persona en una sociedad muy sedienta de diálogo, de atención, de compromiso, de solidaridad, de escucha, de consuelo y de humanidad. En esos gestos tan necesarios y cotidianos está el encuentro con Jesús.
Pero en la cruz Jesús «tiene sed» en un significado mucho más alegórico. Jesús es la fuente de la vida y tiene sed de almas, de que nos encontremos con él, con su mensaje de salvación para toda la humanidad y que reconozcamos esa necesidad de salvación por la que Jesús sufre por nosotros en la cruz, entregando su vida. Jesús quiere que su sed se acabe y que todos cumplamos el mandamiento de amarnos los unos a los otros. Es la sed de nuestros hermanos que sufren en todo el mundo, la sed del oprimido, la sed de los que pasan hambre, la sed de justicia, la sed de los enfermos, la sed de los que mueren injustamente, la sed de la paz y de la vida, la sed de la verdad verdadera, que es Jesús, quien nos invita a buscar el agua en el lugar correcto de nuestra existencia.
Abril de 2026 * Manuela Catalá Pérez. Profesora. Facultad de Comunicación y Ciencias Sociales. Universidad San Jorge.