Por Jorge Antonio Díez Zaera*

Talla en madera policromada, mediados del siglo XVIII
Retablo del Santo Cristo de la Buena Muerte de la iglesia parroquial de San Pedro Apóstol de Zuera (Zaragoza)
La Sexta Palabra: «Todo está consumado», o «Todo está cumplido», no hemos de interpretarla como una expresión de derrota ni tampoco como un suspiro de alivio por el fin del dolor de Jesucristo en la Cruz. Hemos de verla como la consecución de una tarea, de una misión.
Jesús no ve su vida como una serie de eventos aislados, sino como un encargo terrenal en el cual la pasión y el sufrimiento no es un accidente, sino la finalización de una misión, la cual culmina con la entrega de su vida por los demás. El cansancio físico extremo y el dolor que experimenta es realmente la culminación de una obra redentora que salvará a otros.
La perfección de la obra de Jesucristo radica en que no queda nada por hacer. No hace un trabajo a medias. El sufrimiento es la evidencia de que el precio es pagado por completo.
La reflexión enfocándola hacia nuestro desempeño diario, en el quehacer en la universidad, por ejemplo, es que para que el «trabajo esté finalizado», debemos haber hecho la tarea con lo mejor de nuestro conocimiento, esfuerzo y entrega. Ello nos lleva a explorar cómo, si Jesús agotó cada recurso humano: su sangre, su energía, su mente y su relación con el Padre, nosotros hemos de dar lo mejor de lo nuestro en el esfuerzo para finalizar los trabajos y tareas de nuestros cometidos.
También en el deporte, y es otro ejemplo, nada valioso se logra sin un desgaste físico, pero ese esfuerzo se vuelve secundario ante el hecho terminar la actividad, llegar a meta o finalizar un partido.
Para nosotros que el trabajo «ya esté hecho» debe generarnos descanso, gratitud y responsabilidad. Y eso no solo para cada persona de manera individual, sino para con los demás, en comunidad universitaria. Y aquí es donde los conceptos tales como trabajo en equipo, orientación a los que la precisan o reconocimiento de lo bien hecho por otros, juegan un papel determinante.
El trabajo bien hecho rara vez llega sin una dedicación constante que debe vencer dificultades. En la Sexta Palabra, vemos como Jesús no se detuvo ante el sufrimiento, sino que lo utilizó como el camino para llevar a cabo y culminar su tarea trascendente.
En el mundo laboral, así como en el universitario, el esfuerzo sin propósito es simple agotamiento. En la Cruz, el sacrificio de Jesucristo sin amor sería solo tortura. La conexión que podemos hacer reside en qué con el desempeño de nuestros cometidos, si están bien efectuados y canalizados hacia un objetivo, transformamos el sudor y el esfuerzo en aportación de valor. Jesús no «trabaja» en la Cruz por inercia, sino con la precisión de quien está culminando una misión. Su esfuerzo y dolor podemos verlos como una herramienta técnica para un fin espiritual.
Así como un trabajador llega a casa exhausto tras una jornada productiva sintiendo que su tiempo ha tenido sentido, la Sexta Palabra representa la paz del exhausto. Trabajar bien es una forma de honrar y dignificar, y sacrificarse por otros es la forma más alta de ejercer un trabajo.
Un profesional excelente no entrega una obra sin finalizar o con defectos ocultos, al igual que un buen estudiante no entrega un trabajo mal acabado. En estos ámbitos el «Todo está cumplido» es como un sello de control de calidad y de buen acabado.
Podemos entender que la Cruz fue como el taller donde Jesús realizó su última y más pesada jornada de trabajo terrenal por la humanidad, y una vez dada su «Misión por cumplida» nos demostró que el verdadero descanso solo se alcanza cuando se ha vaciado toda la capacidad de entrega y esfuerzo de la que somos capaces. Por asociación, el término «Misión cumplida» nos sirve para conectar el esfuerzo de pulir cada detalle de lo que hacemos, ya sea trabajando o estudiando, con la entrega de Jesús, quien no evitó ni un solo gramo de sufrimiento para que la obra de la redención fuera técnicamente perfecta e impecable.
En última instancia, la Sexta Palabra no es el suspiro de quien se rinde ante el cansancio, sino la proclamación de quien ha agotado el cansancio mismo para alcanzar la excelencia. Jesús, el artesano de la redención, nos enseña que el esfuerzo es el puente necesario entre la promesa y la realidad. Al pronunciar «Todo está cumplido», eleva el concepto del trabajo a una dimensión sagrada. Nos demuestra que ninguna obra es verdaderamente transformadora si no ha pasado por una entrega total. Así, el sacrificio en la Cruz se convierte en el estándar definitivo para nuestra propia vida: trabajar no es solo cumplir una tarea, sino vaciarse en ella con tal integridad y profesionalidad que, al llegar al final, no quede nada por dar. La Cruz es, por tanto, el taller donde el dolor de Jesucristo se procesó para convertirse en victoria, lo que nos recuerda que solo cuando el esfuerzo es absoluto, la paz de la obra terminada es eternamente gratificante.
Abril de 2026 * Jorge Antonio Díez Zaera. Gerente. Universidad San Jorge.